Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

miércoles, 16 de agosto de 2017

16 de julio / 2017


Antonio Tabucchi

“El juego del revés”


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“-y otra vez hobimos de volver muy destrozados y trabajosos, ansí de hambre como de sed…”

Volver del fracaso, del fracaso en el que vivíamos y vivimos, para volver a fracasar en vida, la única y fracasada que tenemos, para fracasar mejor, para que los exitosos triunfadores sepan, que lo saben de sobra (esto no es ninguna muestra de humor involuntario), que seguimos ahí, que no nos queda, que no nos dejan, otra que seguir, como si hubiera algo que hacer, algo empezado (nada verdaderamente acabado), alguna parte adonde ir. Y los imbéciles sonríen y se quedan satisfechos con esta argumentación tan idiota. No saben de hambre ni de sed. Tal es su estado de inconsciencia, convenientemente envuelto en esa especie de cinismo generalizado que tan eficazmente arropa a todo el  rebaño. No se rascan pese al picor de las ronchas: no hay sarna. Y sin embargo sus cachorros embadurnan las paredes: ‘Con los rojos, piojos’. Lo han visto en la tele y las redes (se pegan un chute cada cuarto de hora), lo han leído en Wikipedia (cuando se trata de ‘profundizar’), a misa que va. La tragedia es ante todo educación, catarsis (cortejo de plañideras), tal como lo entendió y teorizó Aristóteles. Fíate de la brujas viejas, querida, no les gustan las novedades… pero aún así se ponen en manos de la cirugía plástica para cumplir… ¿para cumplir qué? ¡un ideal masculino! Fundido a negro, de verga (graaandeeeee….) de negro.




(Ojo conmigo)

En la obra de Lee Lozano (‘Forzar la máquina’, Museo Reina Sofía/ 31 de mayo a 25 de septiembre 2017)  no todo son vergas (‘que a los mojigatos de costumbre aún hoy sigue dejando patidifusos’) aunque todo desemboca, por activa o por pasiva, en verga (‘porque es una señal de distinción intelectual no alarmarse ante la sexualidad explícita’ / Cristina Morales). En su diario, la artista norteamericana farda de haber visto muchas pichas (¿o decía conocido?) y de todos los colores y brillos, de las cuales sólo desprecia, según matiza, las que lucen un blanco pálido, seco y cadavérico, a excepción, añade como si no le diera importancia, de las que tienen ‘un buen tamaño’ (sin embargo no aporta datos sobre atributos como dureza, flexibilidad o elasticidad). O sea, cadáver grande sí, o cacho grande ande o no ande. Y con las ‘instituciones artísticas’ le pasaba a esta mujer, cuya obra ya habrán notado que no me pone,  algo parecido (‘demuestra tener una gran capacidad para generar desconcierto’).

Públicamente (‘el público es la razón del espectáculo’) las rechazaba y combatía, bien que de boquilla. Por eso resulta curioso que en su diario privado (‘¿donde derroca el disimulo?’) escriba que cuando consiga terminar una obra  ‘importante’ (se trata de un conjunto de piezas), quiere que se exponga al completo (o sea, antes de venderlas por separado) en alguna de las relevantes instituciones museísticas de Nueva York. O sea, cadáver relevante, sí. Ah, que importante es la intención. Y la motivación no digamos. O sea otra vez, patológico de manual. A la manera de Burroughs, Lozano, supongo que dando una lección de lo mejor de sí misma, también nos informa de qué tipo de  drogas ha tomado para la realización de ciertas obras concretas. ‘Yo al principio iba de buenas, por eso se me coló esta prenda’.


ELOTRO


“A los tontos que van de listillos hay que darles de hostias, señalarlos y dejarles señalados”
(V. Maiakovski)


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martes, 15 de agosto de 2017

15 de julio / 2017




LA PROSA DE LA CONTRAINSURGENCIA

Ranajit Guha


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Veneno y remedio.

El remedio como veneno. El veneno como remedio. El veneno que no conoce remedio. El veneno que se escurre y siempre logra salir sin ruido. Parece como si uno tuviese que evitar el topar con esos venenos sin rumbo. El deleite máximo de no tener que explicar al veneno que no tiene remedio. Ya sabía yo que esto nos iba a pasar, a envenenar sin remedio, y ahora voy a callar el porqué. Pero ahí va: un veneno rojo entre pesticidas naranjas añade fuego a la llama que enciende un cohiba en las antípodas de la miseria, ¿sin remedio? Tampoco se trata, dicen los envenenadores, de poner la venda envenenada antes del remedio que envenena: ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¿en dónde están los venenos míos? Pero el veneno va y viene, pero el remedio va y viene, con venenoso silencio al que añade el espantoso remedio de la ansiedad. La ansiedad que no remedia, que envenena, dos en uno, anidando en su pecho ya marchito. Todas estas cosas venenosas que he escrito me parecen ‘falsos comienzos’, ¡Qué mal expresado está esto! ¡Cuán confuso y gramaticalmente incorrecto!

Por otro costado, el invisibilizado veneno de la criada vieja, que estos últimos tiempos limpiaba quince habitaciones y fregaba la escalera de tres pisos… y sin poder recurrir al remedio-coartada del malhumor de las remilgadas señoritingas de la pensión con encanto, y decir: ‘más vale que hoy me quede en la cama’. Hay venenos que, bien ‘servidos’, se convertirían, sin remedio, en el manjar más delicado de los bien nacidos, lo que, al mismo tiempo, haría las delicias de lo que esas mismas sabandijas llaman la canalla. Lo cierto es que en este asuntillo de los venenos y remedios no estoy más que en el comienzo, y disto mucho de haber llegado al máximo de mis posibilidades. Desde ahora mismo, antes no me ha sido posible por culpa de mi carácter inquieto e inconstante (y el miedo de ser golpeada), he decidido que voy a llevar, día por día, una cuenta exacta de los venenos y remedios que servidora sea capaz de percibir (consumir o administrar).  

Se dice que el veneno es la dosis, pero nunca he oído decir que el remedio es la dosis… ¿de veneno o de remedio? Cuando observo la inyección de terror que ‘ellos y los suyos’ llevan  inoculando a la sociedad venezolana en los últimos años, se me viene a la memoria el envenenamiento de la sociedad chilena en tiempos de Allende y los remedios que, previsores ellos, ya tenían en cartera los criminales de la neoliberal ‘Escuela de Chicago’. La CIA es que no para, pero que conste que no lo hace por vicio, sino porque sucesivos presidentes (empleados de lujo del Establecimiento) negritos (bajo el liderazgo de un premio Nobel de la Paz USA usa mantenía siete guerras en curso) o blanquitos, total que más da, no dejan de hacerle encarguitos sanguinarios para garantizar la ‘democracia’ en tierras y mares y yacimientos de gas y petróleo del Imperio Global. Leo que ya en la ‘democrática’ Atenas del siglo V (de esto hace sólo más de dos mil quinientos años y tras el completo vaciamiento de las primigenias instituciones democráticas de las que ya sólo quedaba la fachada), se utilizaba desde el poder, con mucho desparpajo y sin ningún miramiento, el terror (la eliminación física del adversario; la realización de actos de criminales de sabotaje para sembrar el caos y que posteriormente se adjudicaban, digo la autoría, al enemigo político del momento. También entonces resultaba imposible confrontar lo que la gente ‘ve’ y ‘deduce’ con la verdadera realidad práctica), para paralizar la voluntad popular y volver inoperante a la ‘mayoría’ de la ciudadanía con plenos derechos (por cierto sólo el 10% de la población ateniense). En fin, que la cosa de meter miedo viene de lejos, aunque las técnicas y organizaciones terroristas que crean, financian y dirigen, digo las élites del poder, hoy son calificadas en los medios de desinformación de: ¡antiterroristas!, detallito que aún despista a los despistados y además queda más chuli en las infames campañas de las oenegés a sueldo.

O sea, que el veneno y el remedio comparten amo. No sé si los impacientes pacientes llegan a comprender este galimatías… ‘envuelto en un vómito de palabrería’.

ELOTRO



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lunes, 14 de agosto de 2017

14 de julio / 2017

“Una historia increíble de la miseria intelectual del postmodernismo. El pene conceptual como un constructo social: un engaño al estilo Sokal sobre estudios de género”

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Lee que te lee…

Leo en el diario de Katherine Mansfield (1888-1923):
‘(¿Lo que yo quisiera hacer comprender es que a esta hora, en esta luz que decrece, con el sonido de los pianos, y las casas abiertas, vacías, sonoras, el perro es como el alma de la calle, pobre animal, corriendo de aquí para allá cuando ya hace años que debería estar muerto.)’
(…)
‘Aturdida de cansancio. Casi no puedo andar, no puedo pensar… una sensación desesperante de que estoy perdiendo el tiempo, me siento completamente vacía…’





Leo en una cartela (ya saben que ando de vigilante de sala en el museo) unas anotaciones escritas en el margen de una de las últimas obras que realizó la artista Lee Lozano (1930-1999):
‘Incapaz de pensar. Incapaz de escribir. Incapaz de dibujar.’ (…) ‘El viaje de la pintura / cada vez más débil / y más forzado / y más ingrato.’



Publicar o perecer. Pero todo, más tarde o más temprano y de mejor o peor manera, acaba por llegar,  y cuando por fin se consigue publicar, en ciertos casos que ya se pueden imaginar cuales por cuenta propia, ocurre que al otro lado de ese selectivo muro esté esperando lo que podríamos llamar la etapa del silenciamiento. Resulta que tras quince años de arduos trabajos, volcados no solo en el contenido científico sino en la puesta apunto de la habitual viveza de su prosa, y precisamente para tratar de huir del elitista lenguaje, de la jerga exclusivista, árida y oscura que imperaba, e impera aún hoy, en los escritos sobre economía. Con el claro objetivo de ‘excluir’ a todo curioso lector que no perteneciera a la clerigalla institucional del momento.  El caso es que Marx dio por fin el visto bueno al primer tomo, o primer libro, de ‘El capital’, libro que a la postre acabaría por ser el único, de un proyecto inicial de siete tomos, del que pudo corregir, o enmendar, galeradas y luego ver publicado (el resto de la obra ‘inacabada’ vio posteriormente la luz bajo la supervisión de Engels). Y tras el duro y largo parto ocurrió lo que tenía que ocurrir: que durante los primeros meses en circulación de la obra en cuestión ‘nadie’, ni enemigos declarados ni supuestos amigos, se dio, públicamente, por enterado de la publicación de ‘El capital’. Incluso Engels declaró que la lectura de ciertos pasajes de ‘El capital’ era algo tremendamente agotador y también confuso. Marx le respondía que había sudado sangre tratando de simplificar al máximo de lo posible y de facilitar la legibilidad y aprehensión de los contenidos más técnicos y herméticos. Y en esa delicada labor no hay noticia, servidora al menos no la tiene, de ningún pensador o divulgador que se acerque a su insuperada maestría. De cualquier manera un oscuro y pesado manto de silencio cubrió y ocultó los primeros meses de vida ‘pública’ de la obra cumbre del pensamiento marxista. Leo que Marx ante la falta de repercusión, y a pesar de que ya tenía acumuladas abundantes noticias del cariño que su persona y su obra  despertaba entre tanto contrarrevolucionario enmascarado o no, pasó unas semanas en estado depresivo: “con una sensación desesperante de haber estado perdiendo el tiempo… mientras había condenado a su familia a malvivir, y morir, en sucesivos exilios, en condiciones insalubres y de miseria, y bajo la constante vigilancia y acoso de espías y policías de varios países europeos… se encontraba… Incapaz de pensar. Incapaz de escribir…”




De nuevo fue su amigo y camarada Federico Engels quién le echó un cable y encabezó la lucha contra ‘el silenciamiento’, y lo hizo de la forma más curiosa, enviando críticas hostiles a la prensa burguesa. Engels declaró: ‘En palabras de nuestro viejo amigo Jesucristo, tenemos que ser inocentes como palomas y astutos como serpientes’.
El caso es que, en relación con el marxismo, aún hoy lo que no es descarado silenciamiento es zafia manipulación y falseamiento. Pero, y esto es lo que hace babear compulsivamente a esas hienas, de lo que no cabe duda es de que el pensamiento marxista revolucionario sigue siendo radicalmente inasimilable por el capitalismo y continúa, en lo fundamental, tan inquietantemente vivo como hace siglo y medio… y a más a más,  irremediablemente menos ignorante, más sabio. Todo se andará…

ELOTRO


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domingo, 13 de agosto de 2017

13 de julio / 2017



Mezcolanza de chismes y comadreos literarios.

“abrid los escotillones para que vea”
Para lo que hay que ver (anónimo fatalista de lo más vulgar y de lo menos anónimo). ‘Otro triunfo como éste, y estamos perdidos’, dijo un tal Pirro tras contar las bajas de no sé qué batalla victoriosa. Verdades de Perogrullo, que a la mano cerrada le llamaba puño. ‘La verdad anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua’, aseveración metafórica que, según consta negro sobre blanco, puso en boca de don Quijote un tal Cervantes. ¡Haber perdido los miembros y conservar los dientes, que escarnio! (Nota: el exclamador no incluye, aunque lo parezca en la breve cita, al miembro viril, del que sin embargo puntualiza en frase subsiguiente que ya ha tiempo que dejó de ser viril). Uno se acaba por acostumbrar a todo. ‘Por la costumbre se forma casi otra naturaleza’ (Cicerón, ¿en modo protomarxista?). Costumbre: Manera habitual de actuar o comportarse. Práctica tradicional de una colectividad o de un lugar. Comedia de costumbres (ejemplarizantes). Elemento constituyente fundamental del así llamado ‘sentido común’. El emperador Augusto solía decir a sus servidores: ‘Apresuraos lentamente’, ¡coño, jefe, eso es vista! ‘La denuncia traducida al arte -escribió Rodolfo Walsh-, se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte’. Palabra de emperador, ¡oído cocina! Ideas (directrices) que se quedan grabadas en alguna parte del cerebro como si la propaganda publicitaria, que te suelta sin interrupción el cargamento entero,  fuera un buril. ¿Cómo producir signos ideológicos que sean realmente efectivos para el que oye y calla como para el que fabrica y difunde? Las medias vidas de los que nada tienen, de los que ni rechistar pueden. O eso tienen asumido, interiorizado, tras una especie de lobotomía, pero una lobotomía que nada tiene que ver con aquellas lobotomías por la fuerza… y, tras el incalificable delito de violación de cerebros, cuando hemos quedado reducidos a un estado próximo a la idiocia más absoluta, rematan:  ‘…y vendrán al plato como buenos palomos’. Todos felices, (‘Se abren rectos, defecan y se cierran) nada de felicidad en el ambiente (no hay tedio como el tedio intestinal). No está del todo bien interpretar literalmente un texto, pero resulta mucho peor despreciar completamente esta opción. Gracián: ‘Arte era de artes saber discurrir, pero ya no basta: menester es adivinar, y más, en desengaños’. Ya lo avisó el sabio de la torre, el bueno de Montaigne: ‘Hay que prestarse a los demás y darse a sí mismo’.  Y por su parte Marx: ‘Con la edad llega la sabiduría, al menos, de no malgastar las fuerzas’. Las necesidades deben su existencia y su modo de ser al hecho de que existan determinadas mercancías. La necesidad sigue al consumo pisándole los talones. Hay que limitarse a consumir –según Anders- remordimientos prefabricados, pues, ‘no comprar’ se considera por el rebaño consumidor, una especie de sabotaje de ventas. Beckett escribió una obra que dura treinta segundos y que consiste en una inspiración y una expiración profunda acompañada de un aumento y disminución de la luz escénica. Son esas cosas que durante toda la vida te hacen la puñeta a dosis escalonadas. Ojalá ella hubiera podido estarse quieta y dejarme contemplar. Pero no, ella insistía, y para colmo con desgana, ninguna tenacidad en sus actos, ésta era otra de las cosas que me disgustaban de ella…

¿Vamos a dejar que nos endilguen semejante camelo como si fuéramos tontos del culo? …no estoy dispuesto a aguantar más este coñazo, como hay Dios que…

ELOTRO



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sábado, 12 de agosto de 2017

12 de julio / 2017



“Tenés un arma: la máquina de escribir. Según cómo la manejás es un abanico o es una pistola”
(Rodolfo Walsh)

Tecleas y cambias de vida o, mejor dicho, tu vida cambia. Ojo que también puede ser que sólo cambie el decorado, y no la salsa. Me pasa también que no quiero ficciones. Y mucho menos ficciones ejemplarizantes. Eso me pasa y me sobrepasa. Pensar lo que el otro quiere que pienses, que digas, que hagas, y hacerlo además a través de los otros, asumiendo por el mismo precio la coherencia lógica del discurso impuesto. Pero acaso, ¿no sufrimos todos alguna patología? Procuraba no decir en voz alta lo que pensaba, ¿lo que pensaba quién? En cualquier caso fue un para siempre que duró más bien poco, casi nada. Pero si no lo dije antes y es constatable que no reventé, lo digo ahora. Y así, digamos, dicho ya pasado de moda, ¿vale menos? ¿qué fue de la fuerza retroactiva? ¿tanto pesa la pasajera moda, aunque circular, en lo histórico? Eso si acaso el pensamiento en cuestión posee algún valor, alguna utilidad, si puede valer de algo para algo o para alguien (para el que habla, para el que escucha, para el que recela del lenguaje enemigo y ni oye ni desembucha) más allá de la inofensiva ‘artisticidad’ que nutre, o eso se cree, al que crea y al que en ello se recrea. En los pantanosos terrenos de lo autorreferencial nunca se sabe que cieno se pisa y que cieno te pisa, en apariencia, pantorrillas para abajo. Por partes, el cieno, los cienos, el de producción propia y el cieno social, también pueden llegar a ser muy apropiada materia para cierta praxis productiva. ¿Productiva, en última instancia, de quién para quién? Eso, me digo, dependerá de la pistola o, en su caso, del abanico…



“No, paréntesis. Vuelvo a empezar. Nadie sabrá nunca lo que soy, nadie me lo oirá decir, aunque lo diga, y no lo diré, no podría, pues no tengo más que el lenguaje de ellos, sí, sí, lo diré quizás, aunque sea en su lenguaje, para mí solo, para no haber vivido en vano, y después para poder callarme, si es eso lo que da derecho al silencio, y nada tan seguro, son ellos los que retienen el silencio, los que deciden del silencio…”
(Beckett, ‘El innombrable’)

Ellos, los amos de lo que se dice y de lo que se calla, los amos del silencio y del lenguaje. Y de la observación del ejercicio práctico que ellos, los amos, hacen de su propiedad privada, se pueden desprender algunas inútiles utilidades:

“…(tal uso) no es únicamente por bondad, o yo habría entendido mal en qué consiste la bondad, cuando me lo explicaron”  (…)
“…es así como pude saber que sus nabos en salsa son peores que antes, pero que, como contrapartida, sus zanahorias, también en salsa, son mejores que antaño. La salsa no ha cambiado. Es ése un lenguaje que comprendo casi, son esas ideas claras y simples en las que me es posible apoyarme, y no pido otro alimento espiritual. Un nabo sé poco más o menos a qué se parece, y una zanahoria también, sobre todo la mediana o de Nantes. Creo captar en ciertos momentos el matiz diferencial entre lo malo y lo que es menos malo.” (…)

“…la mujer, observando con disgusto que me hundía cada vez más, me hizo subir llenando el fondo de mi vasija con serrín, que cambia todas las semanas cuando me asea. Es menos duro que la arenisca, pero más sano. Y yo me había acostumbrado a la arenisca. Ahora me acostumbro al serrín. Es una cosa como otra cualquiera.” (…)

“…yo disminuía. Disminuyo. Antes, metiendo la cabeza entre los hombros, como reprendido, podía desaparecer.”
“…y la cabeza la meto y la saco, la meto y la saco, como antaño”
“…también sé agrandar los ojos, sé cerrarlos y abrirlos y sé agrandarlos o empequeñecerlos, según me dé.”
“…y lo hago así con la intención deliberada de plantarle cara a la mujer e inducirla a error.”
“…este jueguecito, que hubiera juzgado inocente, me costó caro, a mí, que me consideraba insolvente.”
(Beckett, ‘El innombrable’)



‘-En serio, jefe, no se le puede pegar tanto al asunto, te fríe los sesos…’
(William S. Burroughs, ‘El almuerzo desnudo’)


ELOTRO



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