Tú, Otro, mi caricatura, mi modelo, los dos. (Paul Valéry)

jueves, 27 de abril de 2017

27 de marzo / 2017



De Julio Caro Baroja:

“De la literatura oficial u oficiosa se puede decir que no refleja más que una parte de la vida…”

“Ni Quevedo, ni otros como él, dejaron verdaderos ‘documentos humanos’, piezas de un realismo objetivo, sino sermones, en los que, como en muchos de los escritos por sacerdotes de religiones distintas, la intención apologética priva sobre cualquier otra. Cuando después de leer páginas y páginas de Quevedo, de Mateo Alemán, de Salas Barbadillo, cogemos un proceso inquisitorial nos encontramos con que toda aquella literatura mal o bien trabada se queda pálida…”

“El pícaro no es más que eso, un pícaro, que sirve para hacer efectos de estilo más o menos burlescos o truculentos y para moralizar al final.”

“…en una novela de la época de Felipe IV no hay más que un continuo sermonear sin interés psicológico, alternando con aventuras mecánicas. Donde se encuentran, en cambio, documentos humanos de primera fuerza es en los procesos inquisitoriales…”

“Las vidas de los hombres reales, contadas por las plumas no muy doctas, pero a veces muy jugosas de los escribas del Santo Oficio, se hallan más cargadas de dramatismo. Porque no se ajustan a juegos conceptuales. Son juguete, no de la cabeza de un hombre de ingenio, sino de la misma sociedad…”

Dices tú de campos de concentración y reeducación:
“…el hechicero frustrado fue condenado a salir en un próximo auto de fe con vela y coroza con insignia de embustero e invocador de demonios, a abjurar ‘de levi’, a estar recluido medio año en un convento, para recibir la instrucción debida, y a destierro del distrito toledano por dos años. El domingo 10 de mayo de 1615 se leía la sentencia en el auto público que se celebró en el Zocodover. (…) Francisco del Espíritu Sancto” fue recluido en seguida en el convento de San José, de los franciscanos descalzos de Toledo, para que recibiera los seis meses de instrucción religiosa. (…) (con posterioridad y por su ligereza de lengua) el desgraciado fue condenado a hábito y cárcel perpetuas, a un año de instrucción en la iglesia de San Pedro y a cinco años de galeras… (…) Pero la muerte le liberó de una vida ya imposible.”

“Hoy, bastantes creemos que el historiador no debe ser un juez y que el novelista no ha de sentirse, por fuerza, predicador. Creemos, asimismo, que la Historia debe aclarar lugares del pasado sobre los que no ha sido usual lanzar grandes luces o focos. No porque haya que distinguir entre la gran Historia y la pequeña Historia, ni porque haya que pensar que existe una ‘Intrahistoria’ u otras cosas semejantes, sino porque deseamos cada vez más el tener conocimientos integrales, estructurados y totales y porque todo lo que es unilateral es, por fuerza, inexacto, lo mismo visto en grande que en pequeño.”

(Julio Caro Baroja, “Los judíos en la España moderna y contemporánea”)

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Marx en julio de 1844: “El proletariado alemán es el teórico dentro del proletariado europeo, de la misma forma en que el proletariado inglés es su economista, y el proletariado francés su político”

Durante el verano de 1844, Marx leyó por su cuenta, sistemáticamente, el corpus completo de la economía política británica –Adam Smith, David Ricardo, James Mill- e iba escribiendo a la vez sus propios comentarios. Estas notas, que constan de unas 50.000 palabras, no se descubrieron hasta los años 30 del siglo-XX, cuando el investigador soviético David Ryazánov las publicó con el título de “Manuscritos económicos-filosóficos” (También se conocen en la actualidad como los “Manuscritos de París”). 

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“Pero tengo frío, qué carajo,
tengo el alma recagada de frío”
(Mario Levrero)


ELOTRO


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miércoles, 26 de abril de 2017

26 de marzo / 2017




“No se desea poseer una mujer, se desea poseerla nosotros solos.”
(Cesare Pavese)

Hoy jueves 9 de marzo, día soleado y por suerte de recreo, he pasado por la Fundación Mapfre (que a diferencia del Caixaforum, lugar que no volveré a visitar salvo para orinar o cagar,  respeta la entrada gratuita para los parados con justificante), todo por echar un vistazo, por segunda vez, a la expo: “Retorno a la belleza /Obras maestras del arte italiano de entreguerras”



Lo del ‘retorno a la belleza’ es una imbecilidad se mire por dónde se mire incluso antes de poner un pie en las salas, y lo de ‘obras maestras’ una exageración fácilmente comprobable, una vez realizada la visita, como mínimo en el setenta por ciento de las obras. Aún así, la expo, con contadas pero excelentes obras de Chirico, Savinio, Casorati, Carrá o Morandi, a las que hay que sumar una estupenda escultura de Mario Marini, merece sin duda la visita.

Si uno recorre con un mínimo de atención las salas se da cuenta de la fraudulenta fórmula, a base de pueriles artificios cosméticos torpemente trabados,  que sustenta la muy pomposa expo. Digo las salas  y debería de decir cada una de las paredes, todas ellas dramáticamente fragmentadas y desequilibradas.


Y añado escandalosamente irregulares porque junto a auténticas obras maestras, cuelgan verdaderos mamarrachos (y no lo digo sólo por la firma que avala, que también, y por poner de esto un ejemplo preciso, diré que en una de las salas del primer piso podemos contemplar dos obras del gran Giorgio Morandi, además una colocada junto a la otra, y que precisamente pertenecen cada una de ellas por méritos propios y harto evidentes a la categoría de obra maestra la una (bodegón que ilustra esta reseña) y a la de mamarracho la otra (bodegón del que lamentablemente no he podido encontrar foto en la red)) que sólo tienen en común con las primeras haber sido pintados por ‘artistas’ italianos, o por el mismo figurón  en horas bajas que tanto da, en análogas fechas o aproximadas (algunas realizadas años antes de la guerra del catorce).



Por las mismas y del propio Picasso decía Berger que éste pintó más obras maestras que nadie, y más basura casi también. Y Morandi como todo quisqui tuvo su periodo de aprendizaje, de tanteo y eso le llevó a equivocarse feamente más de una vez incluso cuando ya había alcanzado su velocidad de crucero, como además no podía ser de otra manera, como no ha sido nunca, hablando de arte y que yo conozca, en ningún caso o lugar de otra manera.



Los críticos e historiadores del arte se empeñan (es la ‘consigna’ oficiosa y su panza les hace ser muy cumplidores), por pura pereza, en crear una etiqueta ( o varias: ‘pintura metafísica’, ‘Novecento’, ‘realismo mágico’…) acompañada de una fecha de nacimiento y otra de defunción y así, ya cómodamente acotado el periodo temporal y geográfico (¡las más de las veces ahistórico!), en el espacio-tiempo de entremedias apretujan toda la mercancía que quepa y punto: la cosa queda catalogada y archivada. Y a otra cosa. Un poco más tarde desembarca en el negocio el comisario de turno o enchufe, o la curator de guardia o de alterne, y es entonces cuando para ganarse la paguita cimentan la pamplina con cuatrocientas páginas, como poco, en couché brillo llenitas de santos (en cuatricomía o a seis tintas si la pasta es larga) y atiborradas de letras minúsculas, mayúsculas o versalitas; y en tipos redondas, itálicas o negritas que, por cierto, no lee luego ni el corrector (y que, ahora que lo pienso, no sé si éstos con lo digital siguen figurando  en plantilla).



El hipotético lector probablemente estará pensando que debo dosificar el temita de los críticos, ‘curadores’, comisarios y demás chupópteros que parasitan y empuercan el llamado mundo del arte… y que ya empiezo a resultar demasiado  cansino y fatigante… y es más que posible que tenga razón. Al menos en parte. En lo de la fatiguita sobre todo…
Fatiguita de ver cómo mixtifican las obras, cómo prostituyen las palabras, cómo falsean los significados, cómo adulteran las formas, cómo manipulan los conceptos y sobre todo la función social que cumple el arte y el concreto contexto histórico y social en el que lo hace; fatiguita de ver cómo mutilan los hechos (la guerra del catorce, su antes, su durante o su después no deja el menor rastro ni huella, sencillamente no existe, como no existen las movilizaciones revolucionarias obreras en el norte de Italia o el nacimiento del fascismo que acabaría cangrenando Europa); fatiguita de ver cómo borran o inventan los nexos (el ‘futurismo’ como aparato propagandístico del belicismo imperialista o colonial), cómo amañan las causas (la brutal reacción de la ideología burguesa frente al emergente vanguardismo revolucionario) o cómo desvirtúan los efectos (la serena paz…de los cementerios)…


Un minuto después, y en ciertos casos incluso en riguroso paralelo, de Cézanne, Matisse, Derain, Munch, Modigliani, Schiele, Kokoschka, Picasso, Braque, Gris, Klee, Kandinski… anuncian y celebran una supuesta ‘vuelta al orden’, a la seguridad y la serenidad (¿la que prometían el fascismo y el nazismo?), al canon clásico, al oficio (a la vista de algunas piezas expuestas esto es de puro cachondeo y si ya lo contextualizamos con la vecina Bauhaus la cosa es de escándalo), a los géneros: retratos (¿cómo no se le ocurrió a Schiele?), paisajes (¿en qué pensaba Derain), desnudos (¿a qué esperaba Matisse?), naturalezas muertas (si Cézanne lo hubiera sabido…)… en fin, que lo de estos 'doctos' tarados, tan bien pagados y subvencionados, es de no creer…

“RETORNO A LA BELLEZA”, dicen, ¡y los muy asquerosos se quedan tan panchos!


ELOTRO


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martes, 25 de abril de 2017

25 de marzo / 2017



“Siempre  se puede obtener más verdad de la excepción que de la regla”
(Italo Calvino)

Bueno, si es ‘siempre’, es la regla, ¿no es cierto? Y siendo así quizás estamos ante una de las habituales humoradas de Italo o, en su defecto, frente a una de esas paradójicas metáforas made in Calvino.

“En materia de metáforas –escribió Goethe- no tengo nada que envidiarle a Sancho Panza.”

Juan Rulfo confesó: “acabé odiando el adjetivo y pensando que el sustantivo era la sustancia.”

El soplo: “Tienes a los sabuesos pisándote los talones”
El por consiguiente: “Nunca apartas la mirada del retrovisor”

Un acertijo de Marx: “Me roba muchísimo tiempo, me dispersa y no sirve para nada.”

Engels tartamudea en veinte idiomas”, comentario hecho en un aparte (¿un break?) de una reunión internacional de la Liga Comunista (celebrada a mediados del siglo XIX en Londres), por un asistente que, cazado al vuelo, prefirió conservar el anonimato.

Clase de adivinanza o adivinanza de clase:
“…pero contra la ‘paisanería’ son todos uno”.

Leen, bisbeando, sólo libros que les dan la razón.

Una lista completa de las instancias conexas de la miseria.

Dicen que dicen que nadie supo dar razón de la razón.

Verbalismo ‘revolucionario’ que empieza y acaba en el estricto nivel teórico. O no: La hermandad absoluta o el servicio desinteresado a los demás son valores ‘teóricos’ del cristianismo que (como se puede corroborar a lo largo de la historia), en la ‘práctica’, siempre les ha producido unos pingües beneficios materiales.

En la plaza de mi pueblo: “Nos miró como si fuésemos una manada de mulas en una subasta de ganado.”

No confundir la ‘experiencia-nosotros’ con una ‘experiencia-rebaño’.

Fogwill: “Todos los escritores son prescindibles, no creo que haya escritores importantes.”

“Los individuos no reciben una lengua prefabricada, en absoluto, sino que ingresan ellos a la corriente de comunicación verbal… (…) …y en esa corriente empieza a operar su conciencia.”
“El enunciado, cualquier enunciado, no es un fenómeno individual sino un fenómeno social…(…)…el pensamiento y el mundo interno de cada uno tiene su auditorio social estabilizado, que comprende el entorno en el cual se forman las razones, los motivos, los valores.”
“El proceso de comprensión no debe confundirse con el proceso de reconocimiento (una cosa es la identidad de una forma y otra su significado concreto en un contexto). Solamente puede comprenderse un signo. Se reconoce una señal.”
(Valentín N. Voloshinov)

“La sociedad sin clases no es la meta final del progreso en la historia, sino su interrupción, tantas veces fallida y por fin llevada a efecto.”
(W. Benjamin)

Joyce construye su técnica usando el saber contemporáneo: el psicoanálisis.” (…) “Conectar novela y ensayo, pensar en el interior de la narración.”
(Piglia)

En la idea que nos hacemos de ‘Yo’ late inseparablemente la de ‘ELOTRO’. Pero esa historia no pareció despertar el menor interés y la dejé morir.

Un clímax de cascamiento de cojones…


ELOTRO



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lunes, 24 de abril de 2017

24 de marzo / 2017


Desde Camp Darby, armas estadounidenses para la guerra contra Siria y Yemen
por Manlio Dinucci


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“Karl Marx / Historia de su vida.”
Franz Mehring
Libro completo aquí:

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¡Ay del que muerde el fruto de la verdad y,
necio insigne, no acierta a callarse
sino que va ante el pueblo a confesarse:
acaba siempre en la hoguera o en la cruz!
(Goethe, ‘Fausto’)


“La minoría (de la Liga Comunista) suplanta la posición crítica por la dogmática, la materialista por la idealista. Para ella, el motor de la revolución no es la realidad, sino la voluntad. Allí donde nosotros le decimos a la clase obrera ‘tienen que pasar por quince, veinte, cincuenta años de guerras civiles y luchas de pueblos, no solo para cambiar la realidad, sino para cambiarlos a ustedes mismos, capacitándose para el poder’, ustedes le dicen: ‘¡O subimos inmediatamente al poder o nos echamos a dormir! Allí donde nosotros le hacemos ver concretamente a los obreros de Alemania el desarrollo insuficiente del proletariado alemán, ustedes los adulan del modo más descarado, acariciando el sentimiento nacional y los prejuicios de casta de los artesanos alemanes, lo cual no negamos que los hará más populares. Hacen con la palabra proletariado lo que los demócratas con la palabra pueblo: la convierten en un icono". 
(Karl Marx)

(…)

“VIDA DE EXILIADOS
Aquellos días de noviembre señalaron casi matemáticamente el tránsito de la primera a la segunda mitad de su vida, e internamente también representan un cambio muy importante en la vida y en la obra de Marx. Él mismo tenía la sensación viva de que era así, como la tenía también Engels, con una percepción quizá todavía más clara.

"Cada vez se convence uno más -le escribía a Marx en febrero de 1851- de que la emigración acaba por convertir fatalmente en necio, idiota y vil rufián a todo el que no se retrae por completo de ese ambiente y se refugia en la posición del escritor independiente, sin andar preguntando por el que llaman partido revolucionario a diestra y siniestra”.

Contestación de Marx:

“A mí me agrada mucho este aislamiento público en el que ambos nos encontramos ahora. Se ajusta totalmente a nuestra posición y a nuestros principios. Eso de andar haciéndose concesiones mutuas, de tener que aguantar, por cortesía, todas las mediocridades, y de compartir ante el público con todos estos asnos el ridículo que echan sobre el partido, se ha acabado”.

Y Engels, otra vez:

“Por fin, volvemos a tener ocasión -por primera vez, desde hace mucho tiempo- de demostrar que nosotros no necesitamos popularidad ni apoyo de ningún partido de ningún país, y que nuestra posición está enteramente al margen de todas esas miserias. En adelante, solo seremos responsables de nosotros mismos... Por lo demás, en el fondo no tenemos grandes razones para lamentarnos de que esos ‘petits grands hommes’ nos huyan; ¿no nos hemos pasado, acaso, tantos y tantos años aparentando que Fulano o Mengano eran de nuestro partido, cuando en realidad no teníamos partido alguno, y gente a quien tratábamos como si fuera del nuestro, oficialmente al menos, ignoraban hasta los rudimentos básicos de nuestros trabajos?”

(…)

“No dejaba de contribuir a estos planes editoriales la "imperiosa necesidad de un trabajo lucrativo” en la que Marx se encontraba. Vivía de una manera muy ajustada. En noviembre de 1849 nació su cuarto hijo, un niño, al que pusieron por nombre Guido. Lo criaba la propia madre, y he aquí lo que escribía:
"El pobre angelito me ha bebido en la leche tantas penas y amarguras calladas, que no hace más que estar enfermo, presa de dolores los días y las noches. Desde que ha venido al mundo, no ha dormido bien una sola noche, dos o tres horas a lo sumo”.

La pobre criatura murió al año de nacer. La familia de Marx se vio brutalmente desalojada de su primera casa de Chelsea porque, aunque le habían pagado puntualmente el alquiler, la señora que se las arrendaba, inquilina ella misma, tenía una deuda con el casero. Tras muchos esfuerzos y contratiempos lograron acomodarse en un hotel alemán situado en la Leicester Street, de donde no tardaron en trasladarse al número 28 de la Deanstreet, Soho Square. Durante una media docena de años encontraron allí calma y sosiego en un par de cuartitos. Pero con esto no estaban conjurados, ni mucho menos, los agobios. Todo lo contrario, cada vez era más angustiante su situación. A fines de octubre de 1850, Marx se dirigió a Weydemeyer, residente en Frankfurt, para que le sacara de la casa de empeños de aquella ciudad unos cuantos objetos de plata que tenía allí y se los vendiera, con excepción de un cubierto de niño que pertenecía a la pequeña Jenny y que habría que salvar por todos los medios.

"Mi situación actual es tan apretada, que no tengo más remedio que sacar dinero de donde sea, para poder seguir trabajando”.

Eran los días en que Engels se trasladaba a Manchester para dedicarse al "aborrecido comercio”, y seguramente que en esta determinación no dejaba de influir el deseo de poder ayudar a su amigo. Por lo demás, ya se sabe que los amigos, cuando se necesitan, no abundan.

"Lo que me duele verdaderamente hasta en lo más íntimo, y me hace sangrar el corazón -le escribía la mujer de Marx a Weydemeyer en 1850- es tener que ver a mi marido pasar por tantos trances mezquinos, verlo aquí solo, sin ayuda de nadie, a él, a quien con tan poco se lo ayudaría y que a tantos ha ayudado generosa y alegremente. Y no crea usted, querido Weydemeyer, que exigimos nada de nadie para nosotros mismos. Lo único que mi marido exigiría seguramente de aquellos que tantas ideas, tantos ánimos y tanto apoyo tuvieron en él, sería un poco más de energía, de celo y de entusiasmo para la revista. Tengo el orgullo y el atrevimiento de decirlo así. Para él, no necesita nada. Y creo que nadie hubiese salido perdiendo nada con eso. A mí estas cosas me duelen, pero él piensa de otro modo. Jamás, ni en los momentos más terribles, pierde su seguridad en el porvenir, ni su buen humor siquiera, y para estar contento no necesita más que verme a mí un poco alegre y a los niños rondando y haciéndole caricias a su pobre madre”.

Y así como ella se preocupaba por él cuando los amigos enmudecían, él velaba por ella cuando aquellos mismos amigos hablaban más de lo necesario. Al propio Weydemeyer le escribía Marx:

“Mi situación es, como puedes suponerte, bastante fastidiosa. Si esto dura mucho tiempo, acabará con mi mujer. Los desvelos constantes y toda esta mezquina y ruin campaña burguesa la tienen abatida. A esto viene a añadirse la infamia de mis enemigos que, incapaces de atacarme objetivamente, se vengan de su impotencia volcando sobre mí sus viles sospechas burguesas y las infamias más inconcebibles... Yo, por mí, me reiría de todas esas basuras, naturalmente, que no me quitan el sueño ni interrumpen un instante mis trabajos, pero ya comprenderás que a mi mujer, que no está bien de salud, que pasa los días enteros sumida en todas estas ingratas miserias burguesas, con el sistema nervioso destrozado, no le sirve precisamente de alivio que todos los días desfilen por aquí imbéciles para traer y llevar las fétidas emanaciones de las cloacas democráticas. Es increíble la indiscreción a la que llega en esto cierta gente".

Hacía algunos meses -en marzo- habían tenido una niña, Francisca: el parto, aunque feliz, había postrado a su mujer unos días en cama, "más por preocupaciones burguesas que por causas físicas"; no había un centavo en toda la casa “y eso que, por lo visto, no hace uno más que explotar a los obreros y querer alzarse con la dictadura”, le escribía Marx a Engels con tono de amargura. Para él, encontraba refugio y consuelo inagotable en los trabajos científicos. Se pasaba los días, desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde, en la biblioteca del British Museum. Refiriéndose a los devaneos de Kinkel y Willich, escribía:

"Esos simplones democráticos a quienes les viene la inspiración 'de lo alto’ no necesitan, naturalmente, imponerse semejantes esfuerzos. ¿Para qué van a torturarse, esos hombres afortunados, con el estudio de los materiales económicos e históricos? ¡Es todo tan sencillo!, como solía decirme aquel pobre diablo de Willich. ¡Sí, es todo muy sencillo! En sus cabezas vacías. Ellos, ellos sí que son sencillos”.


(…)

domingo, 23 de abril de 2017

23 de marzo / 2017


‘La llegada de Lenin a Rusia’
Grigory Zinoviev


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De marcha con Chirbes…

“…y porque el miedo o el rencor y la venganza no deben nunca traspasar ciertos límites, porque, si los traspasan, degradan al hombre y lo convierten en un pelele…”

(Rafael Chirbes, “La larga marcha”)



Cuenta Rafael Chirbes de un tiempo lejanísimo, pongamos que nos referimos a la criminal posguerra española (“Decir España era llenarse la boca con un coágulo de sangre”), en el que todavía no se transpiraba sino que sencillamente se sudaba (así en la ficción censurada como en la realidad obligatoriamente ovacionada). Y no sólo lo hacían así los energúmenos que a cambio de una buena paguita daban patadas a un balón o las analfabetas folklóricas que con artificioso salero alzaban el brazo y ventilaban sobaco cara al sol… del aplique o la bombilla, y armadas de estrepitosas  castañuelas.

Se nos reseña que, por entonces, los engominados falangistas (tanto los ya acreditados asesinos profesionales como los todavía prometedores aficionados vocacionales), lucían muy requeteplanchados, azulados y adornados con pintorescas  medallas ganadas o compradas de tapadillo y lustrosos correajes cargados de abrillantados “jierros”, y de tal guisa  ataviados se pavoneaban día sí y día también por las calles, plazas y tabernas relatando ‘la caza del rojo’ que, en grupo, siempre en ventajista grupo, habían llevado a cabo, en medio de la más heroica impunidad, la noche anterior, e informaban a la acojonada concurrencia, con ese garbo y tronío que siempre ha caracterizado a los valientes, no sólo por la ‘estampa’, medio maricones del yugo y las flechitas, explayándose sobre pormenores tales como el número de piezas cobradas (y los favores sexuales caritativamente dispensados a esposas e hijas, luego rapadas,  de los bolcheviques) y lo remataban, fanfarroneando cierto que con púdica modestia, de los impactos de bala y manchas de sangre que habían agregado generosamente al ya muy desportillado paredón que, eso si que sí, cada santo domingo acudía a bendecir el obispo de guardia en persona o, si al venerable se le acumulaba el trabajo de santificar a tantos eméritos criminales, delegaba con evidente pesar en un propio, de pringosa sotana y acreditada calaña, fiel al  nacional-catolicismo.

Que la posguerra resultara para algunos tan penosamente larga, unos quince añitos más o menos, y cruel, “cuando no asesina muerde con dentelladas de fuego”, no se debió tanto, (según proclama aún hoy la predominante versión franquista y, más tarde en su solapado apoyo acudió la tibia variación   socialdemócrata), a la conocida afición de los sanguinarios fascistas a matar y robar (recordemos el “Muera la inteligencia” dirigido a un vencedor/vencido Unamuno, por aquel esperpento llamado Millán Astray) como a la necesidad de culminar, se ve que un millón de muertos había sido poca cosa, la “Santa Cruzada” contra  las hordas rojas que querían “hundir a España en un lodazal”.

Ante la risa siniestra de las hienas franquistas, los ‘vencidos’ que por azar no ocupaban ‘cristianamente’, como sí lo hacían otras decenas de miles, las fosas o las cunetas, sobrevivían literalmente hambrientos y escondidos o simplemente vueltos en silencio sobre sí mismos (no confundir con el silencio interesado de los que se pasaron al bando victorioso y  renegaron públicamente de su pasado, voluntario o accidentalmente republicano), “como cadáveres que seguían engendrando… (…) Helena con hache, por favor…” ¿Por la Santa Helena de Troya?.

A la fuerza se buscaban la vida, malvivían en las desoladas e inhóspitas  calles habitadas entonces por legiones de mendigos o palurdos despojados de todo y huidos del yermo y arruinado campo hacia la futurible promesa de una  ‘colocación’ en la gran ciudad; o sirleros o carteristas y estraperlistas de medio pelo, y en fin, reciclados buscavidas de todos los oficios y pelajes.

Por aquellos días tales calles, avenidas y plazas fueron católicamente bautizadas con nombres de valerosos asesinos que declararon la guerra a un Estado democráticamente constituido. Y hoy, casi ochenta años después, ahí siguen en su mayoría todos esos valientes para orgullo de sus agradecidos herederos.

Hundidos por su parte los vencidos (más algunos ilusos de la estirpe: ‘vencedores sí, pero de pacotilla’), en aquella ciénaga de miseria (“…no gana más que lo que se come a mediodía, trabaja por el pan, el tocino y el gazpacho.”) sin salida ni alternativa (“…un Madrid sin huertas, ni corrales, ni ríos trucheros”), ellos que ya casi ni sienten ni padecen… “…no tenían nada, salvo sus manos y su espalda, sus patas y su lomo…”, aunque sólo unos años antes (del glorioso golpe militar faccioso) alguno hubiera ejercido su oficio de cirujano en el Hospital Clínico…, vencidos, repito,  que “apuraban hasta las heces el cáliz amargo de todas las humillaciones y miserias”…

ELOTRO


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